viernes, 24 de octubre de 2014

GASTAR LA VIDA EN DIOS. Homilía en la conmemoración mensual del Padre Pio


Queridos hermanos:
Nos reunimos nuevamente en torno al altar de Dios para conmemorar al Glorioso Padre Pío, al que todos nosotros tenemos una tierna devoción. Ante su altar traemos nuestras súplicas, nuestros sufrimientos e inquietudes, para que por su intercesión nos atraiga la bendición del cielo. El Padre Pío como buen sacerdote –no era un mero funcionario de lo religioso o administrador, sino que era pastor, padre, hermano, amigo- se preocupaba por sus hijos espirituales. A todos aquellos que se acercaban a él para confesar o pedir consejo, a todos aquellos que le escribían desde los más diversos lugares, o le encomendaban sus problemas y peticiones, a todos aquellos que se reunían por el mundo entero a orar en los grupos de oración surgidos en torno a él… a todos aquellos, los quería como hijos propios: “Amo a mis hijos espirituales tanto como a mi alma y aun más.” Ahora desde el cielo, el P. Pío ejerce su paternidad de forma universal, sin estar limitado por el espacio y el tiempo. Así que nosotros, los que nos reunimos cada mes en esta iglesia, podemos sentirnos hijos espirituales del P. Pio. Él nos acoge, nos escucha, intercede por nosotros, nos alienta… Nos conviene confiarnos y ser hijos espirituales de tan buen y gran santo porque, mediante su intercesión, entraremos en el Paraíso del Cielo, pues él ha prometido: “Al final de los tiempos me pondré en la puerta del paraíso y no entraré hasta que no haya entrado el último de mis hijos.”

En esta tarde, atendamos nuevamente al consejo de este buen pastor y maestro de la vida cristiana,  que en una  de sus cartas decía: Toda tu vida se vaya gastando en la aceptación de la voluntad del Señor, en la oración, en el trabajo, en la humildad, en dar gracias al buen Dios. (6 de febrero de 1915, a Anita Rodote – Ep. III, p. 54).

1.“Toda tu vida se vaya gastando.” La vida se termina. Es algo obvio pero nos olvidamos. Perdemos muchas veces el sentido de nuestra propia existencia que es vivir para Dios. Nos obsesionamos en las cosas de este mundo, en el tener, en el disfrutar, en el ser feliz aquí abajo… la vida se nos va gastando pero, ¿en qué? Buena pregunta para esta tarde. Tengo 30, 40, 70 ó 80 años… ¿En qué he gastado la mayor parte de mi vida? ¿En qué he invertido el tiempo que Dios me ha dado para ganarme el cielo, para vivir en amistad con él?
Es la misma pregunta que Jesús nos hace en el Evangelio y que fue la causa de la conversión de muchos santos: “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si al final, pierde su alma? Pues ¿qué podrá dar un hombre a cambio de su alma? Mc 8, 36-37
Padre Pío nos invita hoy a gastar nuestra vida en lo que realmente vale la pena, en la realización de aquello para lo que se nos ha sido dada: amar, conocer y servir a Dios en esta vida para gozar la bienaventuranza por toda la eternidad. No tengamos miedo a la renuncia o al sacrificio que esto pueda implicar. Toda la felicidad que el mundo con sus atractivos y placeres nos puede ofrecer, y no estoy hablando de esas falsas felicidades que aparentemente nos pueda presentar el pecado, sino de las cosas buenas de este mundo son pasajeras y efímeras y no son comparables a la felicidad de vivir en Dios por toda una eternidad. Ojalá también nosotros lleguemos a ese convencimiento que San Pablo expresaba así en su carta a los Filipenses: “Todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo. Flp 3,7-8

2. Pero volvamos al consejo del Padre Pío que nos decía: “Toda tu vida se vaya gastando en la aceptación de la voluntad del Señor, en la oración, en el trabajo, en la humildad, en dar gracias al buen Dios.”
Hemos de ir gastando nuestra vida en la aceptación de la voluntad de Dios. Pero, ¿cómo saber cuál es la voluntad de Dios? ¿Qué es lo que Dios quiere de mí? En principio, la pregunta tiene una respuesta fácil: la voluntad de Dios está expresada en su Palabra. Por tanto es en la Sagrada Escritura donde encontramos lo que Dios quiere y exige de nosotros. Esta voluntad de Dios la tenemos resumida en los 10 mandamientos de la Ley dada a Moisés y en los mandamientos de la Santa Madre Iglesia. Ahí es donde podemos encontrar la voluntad divina a la que hemos de ir  adaptando nuestra vida.
Aceptar la voluntad de Dios es conocer y cumplir también las obligaciones que cada uno tiene en su relación con Dios, con la sociedad, con la familia, en el propio trabajo…  
Aceptar la voluntad de Dios es muchas veces negar nuestra propia voluntad, y ceder ante la voluntad del prójimo.
Aceptar la voluntad de Dios es oír la voz de nuestra conciencia que nos invita a las buenas obras aunque nos cueste sacrificio, y tengamos que vencer la tentación de la pereza y la comodidad.
Aceptar la voluntad de Dios es aceptar con paciencia y espíritu de fe los acontecimientos de la vida, el día a día, con sus beneficios y pérdidas, con sus éxitos y fracasos, en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas…  no dejándonos llevar por el catastrofismo o pesimismo ni tampoco la desesperación, sino confiando siempre en la bondad y omnipotencia de Dios y manteniendo viva la esperanza.
Hacer la voluntad de Dios es el deseo del hijo que ama a su padre, por eso Jesús, el Hijo Unigénito exclamaba: “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.” Jn 6, 38.  
Voluntad a vece costosa y difícil. Jesús mismo lo experimentó en el Huerto de los Olivos, el sufrimiento y la prueba que implicaba la aceptación de la voluntad del Padre: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.”
Sabiendo nuestra debilidad y nuestra cobardía, el Señor nos invita en el Padrenuestro, que ha de ser nuestra oración preferida, a pedir: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Comentando la conveniencia para el cristiano de recitar la oración del Padre nuestro, exclamaba san Agustín: «Hágase tu voluntad». Y si tú no lo dices, ¿no hará Dios su  voluntad? Haz memoria de lo que recitaste en el símbolo: «Creo en Dios Padre todopoderoso». Si es todopoderoso, ¿a qué pedir se haga su voluntad? ¿qué significa, por tanto, «hágase tu  voluntad»?: ¡Que se haga en mí!, ¡que no resista yo a tu voluntad!!”
No quiero alargarme más, pero quisiera simplemente esbozar las otras 4 cosas en las que hemos de gastar nuestra vida según el consejo del Padre Pío.
Hemos de gastar nuestra vida en la oración. Como momento de relación y diálogo con aquel que amamos, necesaria para nuestra vida del alma como el aire o el alimento. ¿Cómo es de frecuente mi oración? ¿Cuánto tiempo le dedicó al día a Dios?
Hemos de gastar nuestra vida en el trabajo. Dios quiso que el hombre trabajase e inscribió esta ley al principio de la creación. El trabajo nos realiza y en él colaboramos con Dios en continuar su obra creadora, en hacer el bien en el mundo, ect… Pero, ¿trabajo con este pensamiento o sólo lo veo como una obligación pesada o por la pura recompensa económica?
Hemos de gastar nuestra vida en la humildad. Ha de ser esta la virtud que hemos de intentar alcanzar sobre cualquier otra. La humildad nos hace agradables a Dios, pues es la virtud que enamora su corazón y con la que adorna a sus predilectos. La humildad es también la virtud que hace que nuestra relación con el prójimo sea agradable y pacífica.
Hemos de gastar nuestra vida en dar gracias al buen Dios. Al descubrir su amor, todos sus beneficios con los que nos bendice cada día, no podemos hacer otra cosa que los expresado en el salmo: Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Pidamos al P. Pío en esta tarde que también nosotros como él sepamos gastar nuestra vida en lo que verdaderamente vale la pena: DIOS.