lunes, 18 de abril de 2016

FORASTEROS EN TIERRA EXTRAÑA. Homilía del III domingo de Pascua


III DOMINGO DE PASCUA
Forma Extraordinaria del Rito Romano
17 de abril de 2016

El Evangelio del este III domingo de Pascua nos traslada nuevamente al cenáculo donde Jesús, en la víspera de su Pasión instituyó el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre anticipando de forma sacramental el sacrificio de la cruz. Tras haber instituido la Eucaristía y haber realizado el lavatorio de los pies, Jesús dirige un largo discurso a sus apóstoles.
“Voy al Padre”. Es el mensaje de Jesús ante el cuál los discípulos se sorprenden, no entienden, están atemorizados ante la hora que se avecina, tienen miedo a quedarse solos…  Jesús insiste “Dentro de un poco, ya no me veréis; dentro de otro poco, me veréis.”
¿Qué significa ese “un poco”? –se preguntan unos a otros.
Jesús habla en primer lugar de su Pascua inminente. Ya se lo había anunciado por tres veces con anterioridad en su ascenso a Jerusalén: “El Hijo del Hombre debe padecer mucho, y ser rechazado por los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día.” Lc 9, 22
Ese “poco no me veréis” hacía referencia a los tres días que Jesús pasaría en el sepulcro. Y a pesar de la promesa de la resurrección anunciada y estas palabras de Jesús en la última cena, la muerte del Maestro –su ausencia visible- ha provocado en los discípulos una gran desilusión: recordemos  la conversación de los discípulos de Emaús con aquel Peregrino con el que se encuentran:   “Nosotros esperábamos que él fuera el que había de redimir a Israel. Sin embargo hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido.”
La resurrección del Señor al tercer día cambia la tristeza en alegría, la desilusión en esperanza, el miedo en valentía y coraje para anunciar a todo Israel y al mundo entero que Cristo es Señor de vivos y muertos, él es el Rey de la Gloria. “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitara vuestra alegría.”  Las apariciones de Jesús a sus discípulos producen en ellos un sentimiento de alegría: “se llenaron de alegría al ver al Señor”.
Una alegría que no es fiesta externa a lo mundano, ni carcajada inconsciente, sino la certeza del amor de Dios. Dice el Papa Francisco: “Nuestra alegría cristiana bebe de la fuente de su corazón rebosante –del Corazón de Cristo-.”  Su promesa “Yo estaré con vosotros hasta el fin de mundo” es motivo del gozo cristiano. “El amor del Señor –continúa el Papa- no se ha acabado, no se ha agotado su ternura. Mañana tras mañana se renuevan. ¡Grande es su fidelidad! […] Bueno es esperar en silencio la salvación del Señor».
“Dentro de un poco, ya no me veréis; dentro de otro poco, me veréis. Voy al Padre.” Pero las palabras de Jesús también se refieren a su glorificación a la diestra del Padre. Aquel que existía desde el Principio y que estaba junto a Dios desde siempre, y era Dios, aquel que salió del Padre y ha venido al mundo a habitar en medio de nosotros, vuelve ahora triunfante a los cielos.  Se anuncia el misterio de la Ascensión, a partir del cual los discípulos se verán privados de poder ver a Jesús físicamente hasta su vuelta gloriosa al final de los tiempos. Ahora hay que comenzar a creer y esperar: “Dichosos los que creen sin haber visto”.
Ese “poco tiempo” en que ya no veremos al Señor es la vida de la Iglesia, tiempo intermedio entre la primera venida del Señor y su Parusía. Es también la vida de cada creyente, de cada uno de nosotros.  Es el tiempo de la fe, del camino de la confianza y el abandono en las promesas del Señor. Puede parecernos que no es poco, que es mucho tiempo, pero como dice San Agustín: “Este poco nos parece largo, por lo mismo que aún se está realizando. Cuando esté terminado, entonces veremos lo muy corto de su duración.” “Dentro de poco tiempo lo veremos. Entonces ya nada le pediremos, nada le preguntaremos, supuesto que ya nada desearemos ni quedará nada desconocido para aprender.”
¡Es cierto! ¡Claro que nos gustaría gozar de la presencia del Señor, de la felicidad de estar a su lado! Pero la visión de Dios pertenece a la vida eterna, allí será la vida sin fin, la plenitud, la eternidad, la felicidad... El hombre en su peregrinación terrena puede sentirse tentado de querer construir en este mundo y en esta vida su “paraíso”, su “eternidad”…  ¡Cuántos intentos frustrados a lo largo de la historia de querer construir aquí mundos idílicos! ¡Cuántas veces en nuestra propia historia hemos pensado que podríamos tener aquí nuestro paraíso!
Pero somos forasteros en este mundo –como nos recuerda el Apóstol. Ahora es momento de caminar, de esperar, de crecer en la fe… Como Abraham, Isaac, Jacob, el Rey David y tantos justos del Antiguo Testamento hemos de esperar en la fe y en esa esperanza alegrarnos.   
El tiempo de espera presente hasta poder estar para siempre con el Señor, es comparado por el mismo Jesús con la mujer embarazada. “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo ha nacido un hombre.”
El tiempo presente, nuestra vida puede ser costoso, lleno de sufrimientos, de penalidades, de dificultades… El ser cristiano no es fácil, es un camino estrecho…. Puede invadirnos la tristeza o el desánimo, pero hemos de volver una y otra vez a recordar las promesas del Señor que nos sostienen…  hemos de recordar las bienaventuranzas donde el presente aparentemente penoso es recompensado con el futuro del Reino de los cielos:
«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.
Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos.
(Mt 5,3-12)

“Somos forasteros en tierra extraña”, peregrinos que estamos en camino y durante este tiempo hemos de vivir como siervos de Dios en la libertad de ser sus hijos amados. Hemos de vivir con nuestra esperanza en la vida del cielo. Y por ello hemos de apartarnos de los deseos carnales que están en guerra con el alma, siendo ejemplares en nuestra conducta para que los que no creen en Dios viendo nuestras buenas obras den gloria a Dios. “Esto es lo que Dios quiere: que a fuerza de obrar bien, le tapéis la boca a la ignorancia de los necios.” 
La Virgen María nos acompaña en este camino. Ella como con los primeros discípulos nos reúne en torno a sí, manteniendo nuestra esperanza, e implora para nosotros el don del Espíritu Santo. Acudamos con confianza a ella y pidamos la gracia de rechazar lo que es indigno de nuestro nombre de cristianos y vivamos todo lo que este nombre significa. Así lo pedimos.