domingo, 12 de junio de 2016

JESÚS DUERME EN LAS ALMAS TIBIAS, PERO VELA EN LAS ALMAS PERFECTAS. San Ambrosio


Homilía de maitines

IV DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTES
Forma Extraordinaria del Rito Romano

Homilía de san Ambrosio, obispo
Libro 4 sobre San Lucas
A partir de la hora en que el Señor, con diversos milagros, hubo devuelto la salud a muchos enfermos de los que deseaban ardientemente curar, no se detuvo antes las dificultades del tiempo ni del lugar. La noche se acercaba, más ellos le seguían aún; se encaminó hacia el lago, mas ellos se agolparon en torno suyo; por lo cual se vio obligado a subir a la barca de Pedro. Esta es la barca que nos presenta San Mateo batida aún por las olas, y San Lucas llena de peces, para que veamos en ella las fluctuaciones de la Iglesia en origen y su posterior florecimiento. Los peces figuran los que navegan por el océano de la vida. Allí Jesucristo dormita todavía para sus discípulos; aquí manda como dueño. Jesús duerme, en efecto, en las almas tibias, pero vela en las almas perfectas.
Esta barca en la que navega la sabiduría, de la cual está ausente la traición, ya que se mueve al soplo de la fe, no corre peligro alguno. Pues ¿qué podría temer teniendo por piloto a aquel en quien se apoya la Iglesia. Allí, pues, dominaba el temor porque había poca fe; pero aquí se halla la seguridad, porque el amor es perfecto. Mas aunque todos reciben la orden de echar las redes, solamente a Pedro se le dice: “Guía mar adentro”, es decir, penetra en la profundidad de la doctrina. En efecto: ¿puede llegarse a mayor profundidad que a descubrir el abismo de las riquezas celestiales, a conocer el Hijo de Dios y a confesar su generación divina? El espíritu humano no puede, en verdad, comprender plenamente por las investigaciones de su inteligencia esta generación, pero la barca por plenitud de la fe.
Y a la verdad, si bien no me es dado comprender cómo es engendrado de Dios, no me es lícito tampoco ignorar que realmente lo es. Ignoro el modo de su generación, pero conozco su principio. No estábamos presentes cuando el Hijo de Dios era engendrado del Padre, pero sí lo estábamos cuando el Padre le llamó Hijo de Dios. Si no creemos a Dios ¿a quién creeremos? Porque todo cuanto creemos, o lo creemos por haberlo visto, o por haberlo oído. La vista puede engañarse en ciertas ocasiones, más el oído está seguro en materia de fe.