domingo, 4 de septiembre de 2016

DAÑOS DEL ORGULLO Y MEDIOS PARA ACABAR CON ÉL. Santo Tomás de Villanueva




COMENTARIO AL EVANGELIO
XVI DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Forma Extraordinaria del Rito Romano

DAÑOS DEL ORGULLO
HACE AL HOMBRE ODIOSO A DIOS. El soberbio es odioso al Señor y a los hombres (Ecch. 10,7). ¡Como detesta Dios el orgullo! Un testigo, Lucifer arrojado al abismo; otro Adán, expulsado del paraíso, otro, Nabucodonosor, convertido en bestia. También es odioso a los hombres, porque el sabio se convierte en discutidor, amigo de insultos, rencoroso, trapacero, envidioso, etc.

CONVIERTE AL HOMBRE EN UN ESCLAVO VIL. Si se murmura contra él, si se le menosprecia… ¡Oh, y cuanto más alto está el humilde que desprecia todo eso! Dice el salmista: Tu les precipitaste cuando se elevaban (Ps. 72, 18,Vulgata). No solo es humillado el que se ensalza, comenta San Gregorio (cf. Moral., 1.32 c.9), sino que su mismo levantarse encierra la humillación.

INCAPACITA AL HOMBRE PARA LOS DONES DE DIOS. Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes. (Iac. 4,6). El espíritu interior es incompatible con el orgullo; donde éste existe no habrá piedad, porque no recibirá la gracia de Dios. Es más, el mayor favor que Dios hace al soberbio es el de negarle sus dones, puesto que no los emplea más que para su condenación. El orgullo es una enfermedad tan mala, que muchas veces, para curarla, es necesario que el hombre caiga en el pecado.

DESTRUYE TODAS LAS VIRTUDES. Es un veneno, una peste, un gusano que mancha e inutiliza todo favor divino. “Dadme un hombre lleno de gracias, de dones y virtudes; si el orgullo ha entrado en su corazón, todo se ha perdido, todo se arruina. Ved de que le sirvió a Lucifer tanta belleza desde el momento en que fue poseído por el orgullo. Un pecador humilde vale más que un justo orgulloso; acordaos del fariseo y el publicano”.

MEDIOS DE ACABAR CON EL ORGULLO.
“Huyamos, hermanos, de esta peste, acabemos con ella. ¿Cómo? Con su propia espada, como hizo David con Goliat. Así nos lo dice San Bernardo (cf. Serm. Sobre el 6º domingo después de pentecostés, 6). Si una virtud, si un don de Dios, engendra dentro de ti algún sentimiento de orgullo, entra inmediatamente dentro de ti mismo y di: ¿Cómo me iré a gloriar de un bien tan liviano? ¡Oh, y que flacos son mis méritos, que indigno soy de que Dios me de otros beneficios! ¿Cómo podré recibir más, como me dará Dios otros nuevos, si uno solo y tan pequeño me ha enorgullecido? De este modo se mata el orgullo con su propia espada.
También podemos reprimir el orgullo comparándonos con los santos. Comparaos con ellos cuando os parezca que sois algo grande; leed sus vidas y comprobareis que no sois más que una hormiga junto a un elefante. Ahí tenéis a ese campesino rico que vive en una choza, pero que se enorgullece y desdeña a los pobres. Que venga a la ciudad, y entonces veréis que se porta como el criado más humilde.
El trato con los santos nos da también una fuerza extraordinaria para reprimir el orgullo, porque les vemos llenos de desprecio por la gloria y las riquezas. Para ellos tiene el mismo valor que un estercolero, porque poseen otras riquezas mucho más altas y preciosas. Se alegran en sus humillaciones recordando la promesa del Señor: “El que se humilla será ensalzado y el que se ensalza será humillado.”
Santo Tomás de Villanueva
Transcripto por Dña. Ana María Galvez