sábado, 3 de septiembre de 2016

“LE MOSTRÓ EN LA MANO SU CORAZÓN RODEADO DE ESPINAS” EL CORAZÓN DE NUESTRA MADRE



“LE MOSTRÓ EN LA MANO SU CORAZÓN RODEADO DE ESPINAS”
EL CORAZÓN DE NUESTRA MADRE
Un sábado más atraídos por los lazos amorosos de Aquella que cautiva nuestros corazones, “acudimos con presteza al trono de la gracia –que es el Corazón Inmaculado de María- para hallar misericordia” queriendo ofrecerle nuestro amor y veneración en reparación de las blasfemias e ingratitudes con las que es ofendido. Ella y su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, nos lo han pedido a través de Sor Lucía en su aparición en la ciudad de Pontevedra el 10 de diciembre de 1925.
Al mismo tiempo, acudimos con presteza a este Corazón Inmaculado que la Virgen nos ofrece como nuestro refugio seguro en medio de los peligros, pruebas y sufrimientos de esta vida. 
Queremos también al acudir con presteza a este Corazón llegar a conocerlo más profundamente para mejor amarlo y ofrecerle una reparación digna.

La carta a los hebreos comienza afirmando que “Dios muchas veces y de muchas maneras habló en el pasado a nuestros padres, ahora en esta etapa final nos ha hablado por el Hijo.” El Dios cristiano es el Dios que habla, el Dios de la palabra, que quiere comunicarse y así darse a nosotros. Un Dios afable que quiere dialogar con nosotros, y es tan fuerte su deseo que a pesar de que el hombre se esconda, se cierre en sí mismo y no quiera responder, Dios sigue hablando.
Dios habló en el pasado, habló por medio de su Hijo que es la misma Palabra y sigue hablando hoy. La palabra de Dios es viva y eficaz y cada vez que es proclamada en la fe de la Iglesia se actualiza este hablar de Dios a nosotros.
Dios ha hablado y habla no sólo a través de su Palabra, sino también a través de los acontecimientos y de la realidad. La misma creación es palabra dirigida al hombre que nos habla del poder y el amor de Dios. Hemos de estar despiertos y atentos a los signos actuales por los que Dios se dirige a nosotros: fieles a la voz de los pastores de la Iglesia hemos de leer aquellos signos de los tiempos por los que Dios se nos manifiesta.

Sería realmente un absurdo querer negar la importancia para el mundo, para la Iglesia y para nosotros de los acontecimientos que ocurrieron en Fátima en el año de 1917 y después más tarde en su colofón en Pontevedra y Tuy donde la Virgen manifestó la Gran Promesa de su Inmaculado Corazón. Sería absurdo y realmente peligroso para nuestra salvación hacernos sordos al mensaje de la Virgen pues como dijo en su visita a Fátima en el año 2011 el Papa Benedicto XVI: “Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada.”

La Virgen se ha manifestado, ha dejado verse por aquellos tres niños, ha hablado, ha dado un mensaje. La misma forma de aparecerse en también palabra que nos habla y nos interroga.

Quisiera que nos fijásemos hoy en cómo la Virgen se aparece en Pontevedra.    Acompañada del niño Jesús, la Santísima Virgen se aparece a sor Lucía en su celda conventual y poniéndole una mano en el hombro, le mostró al mismo tiempo su Corazón que tenía en la otra mano, cercado de espinas.

Le mostró su Corazón sostenido en su mano. Un gesto que manifiesta el deseo de la dársenos a conocer. La Virgen quiere que la conozcamos, que entremos en el misterio de su corazón inmaculado.  Con su gesto, ella nos muestra lo más íntimo de su persona. María no tiene miedo a mostrarnos su corazón, pues en él no hay nada que no pueda mostrarse. Un corazón inmaculado, limpio, transparente. Un corazón totalmente modelado por Dios. Un corazón donde no hay lugar  a “malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios y calumnias.” En definitiva, un corazón todo de Dios, totalmente lleno de él; y porque es todo de Dios se da totalmente a nosotros. No se guarda para sí mismo, ni se reserva para el pecado, ni lo ocupa con vanos pensamientos… Se da a Dios y se da a nosotros.  Al mostrarnos su Corazón Inmaculado en su mano, la Virgen nos habla de su inmensa caridad hacia nosotros. Las palabras dichas anteriormente en Fátima a la niña Lucía “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio” hallan su expresión plástica en este gesto de la Virgen.

El corazón que la Virgen sostiene en su mano está herido, rodeado de espinas. Al querer dársenos y al querer amarnos, la Virgen María expone su corazón al sufrimiento, a ser clavado y maltratado por nuestros pecados, blasfemias e ingratitudes. La espada anunciada por el anciano Simeón que atravesó su alma en la pasión se ha convertido en corona de espinas. Nosotros que deberíamos amarla, somos los que la ofendemos. Su gesto viene a pedir consuelo. Ella que es Consuelo de afligidos ruega que nosotros tengamos compasión de su corazón y le mostremos nuestro amor y reparemos las ofensas a su corazón.

El gesto de la Virgen con el corazón en su mano es todavía más elocuente en un mundo como el nuestro donde el egoísmo hace que cada vez el hombre se  cierre más en sí mismo buscando sus propios intereses y olvidándose de los otros. Gesto elocuente porque el hombre de hoy no quiere amar porque no quiere exponer su corazón al sufrimiento. Gesto elocuente para nosotros que vivimos en el mundo de las apariencias y las hipocresías y nos cuesta mostrarnos tal y como somos ya no sólo ante los hombres sino incluso ante Dios escondiéndonos de su presencia. Gesto elocuente pues el hombre de hoy que se cree fuerte y capaz de todo y tiene miedo a mostrar su debilidad y fragilidad. Gesto elocuente porque el hombre de hoy se resiste a amar a Dios con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas.

Virgen Santísima,
Agradeciendo tu amor por nosotros
que te llevó a ofrecer junto con tu Hijo por la salvación del mundo,
queremos recibir tu corazón que hoy nos ofreces en tu mano.
Queremos conocerlo y así conocer el misterio de Dios que tú guardabas y meditabas.
Queremos conocerlo y así imitarte en toda tu vida.
Queremos conocerlo y así mejor ofrecer nuestra gratitud y consuelo.
Queremos conocerlo y hallar  en él nuestro refugio.
Queremos recibir tu corazón para que por tu poder vayas transformando el nuestro y como el tuyo no haya sitio en él más que para Dios.
Queremos recibir tu corazón para que tú misma nos des a conocer nuestro corazón, nos enseñes a amar y darnos a los otros.
Así lo deseamos y así lo pedimos. Amén.