26 AL 27 DE JUNIO, PEREGRINACIÓN A FÁTIMA...

AVISOS DEL CULTO

*** MISA EN ALBACETE. Domingo, 7 de mayo. A las 17:30 horas, en la Parroquia Purísima Concepción.

***MISA TRIMESTRAL EN LUGO. Sábado 10 de junio. Santa misa a las 18:30 horas, en la capilla del Carmen, sita en la calle del Carmen, en Lugo, justo a la salida de la puerta homónima de la muralla de la ciudad.

Para cualquier cuestión relacionada con la celebración de la Santa Misa por el modo extraordinario en Lugo, así como para recibir avisos, si lo desea, puede ponerse en contacto con nosotros mediante la siguiente dirección de correo electrónico: misatridentinalugo@hotmail.com

*** PEREGRINACIÓN A FÁTIMA. 16, 17 y 18 de junio

martes, 25 de abril de 2017

EL ROSARIO DE HOY CON EL EVANGELIO SEGÚN SAN MARCOS



 Santo Rosario.
Por la señal... 
Monición inicial:  Se celebra hoy la Fiesta de san Marcos, evangelista, que primero acompañó en Jerusalén a san Pablo en su apostolado, y después siguió los pasos de san Pedro, quien lo llamó su hijo. Es tradición que en Roma recogió en su Evangelio la catequesis de Pedro a los romanos y que fue él quien instituyó la Iglesia de Alejandría, en el actual Egipto. († c.68) Con citas de su Evangelio, meditamos en el rosario de hoy.
Señor mío Jesucristo...
MISTERIOS DOLOROSOS
1. La Oración de Jesús en el Huerto
“Llegan a un huerto, que llaman Getsemaní, y dice a sus discípulos: «Sentaos aquí mientras voy a orar». Se lleva consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir espanto y angustia, y les dice: «Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad».  Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y decía: «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres». Vuelve y, al encontrarlos dormidos, dice a Pedro: «Simón ¿duermes?, ¿no has podido velar una hora? Velad y orad, para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil». De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió y los encontró otra vez dormidos, porque sus ojos se les cerraban. Y no sabían qué contestarle. Vuelve por tercera vez y les dice: «Ya podéis dormir y descansar. ¡Basta! Ha llegado la hora; mirad que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega». (Mc 14, 32-42)
2. La flagelación de Jesús atado a la columna.
“De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?». Jesús contestó: «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo».  El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os parece?». Y todos lo declararon reo de muerte. Algunos se pusieron a escupirlo y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían: «Profetiza». Y los criados le daban bofetadas. (Mc 14, 61-65)
3. La coronación de espinas
“Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y convocaron a toda la compañía. Lo visten de púrpura, le ponen una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo: «¡Salve, rey de los judíos!». Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. (Mc 15, 16-20)
4. Nuestro Señor con la cruz a cuestas camino del Calvario
“Y lo sacan para crucificarlo. Pasaba uno que volvía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo; y lo obligan a llevar la cruz. Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»),  y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó. (Mc 16, 21-23)
5. La crucifixión y muerte del Señor
“Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo: «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz».  De igual modo, también los sumos sacerdotes comentaban entre ellos, burlándose: «A otros ha salvado y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos». También los otros crucificados lo insultaban. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «Mira, llama a Elías». Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber diciendo: «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo». Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios». (Mc 16, 24-39)

LAS LLAGAS DE SU MISERCORDIA. Homilía del Domingo de la Misericordia


DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA 2017
Como un mismo día y una misma fiesta, celebra la Iglesia la octava de la Resurrección del Señor: su victoria sobre la muerte y sobre el pecado.
La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe. Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe,  vana también nuestra esperanza. Y caigamos en la cuenta, que nuestra fe no es fruto de un indagación racional, de conclusiones de nuestro pensamiento, sino que la fe cristiana nace del encuentro con Cristo resucitado, se fundamente en sus apariciones a los discípulos.
Apariciones que hemos leído a lo largo de esta octava. Apariciones en las que Jesús quiere hacer nacer en sus discípulos la fe hacia su persona: No temáis, soy yo. Ellos estaban completamente abatidos, llenos de miedo y desilusionados ante el desenlace de la Pasión y Muerte del Maestro, creían que todo se había terminado. Aunque Jesús había anunciado su resurrección de entre los muertos al tercer día, ellos no lo habían entendido, ni lo esperaban.
“Muchos milagros hizo Jesús ante sus discípulos, que no están escritos en este libro. Mas éstos se han es­crito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.” –concluye el Evangelio de hoy.
Aquellos que no quieren reconocer la resurrección de Jesús, y en definitiva que es el Hijo de Dios, porque tal reconocimiento les obliga a tomar parte por Cristo o contra Cristo, explican la resurrección de Jesús como fruto de una fe predispuesta a ver a Jesús resucitado. Pero los relatos del Evangelio nos presentan una historia totalmente distinta: los apóstoles no creyeron a las mujeres que regresaban del sepulcro y "sus palabras les parecían una locura”, no obedecen al mandato de Jesús de ir a Galilea y se quedan en Jerusalén, cuando el Señor se les aparece dudan y piensan que ven un fantasma, y el mismo Jesús le echará en cara su incredulidad y su dureza de corazón. Será después de sus repetidas apariciones cuando los apóstoles crean y se conviertan en testigos de la Resurrección, será en la mañana de Pentecostés cuando llenos ya del Espíritu Santo proclamen sin miedo: Cristo ha resucitado.
Cada evangelista narra las apariciones y lo hace de una forma singular. No todos relatan las mismas; y a veces relatando las mismas, tienen detalles particulares. Intentemos reconstruir estas apariciones para formar nuestra fe y dar razón de ella a cuántos nos la pidiesen:


  • · En primer lugar, afirmar la aparición de Cristo Resucitado a la Virgen María, que aunque no registrada en los evangelios, es afirmada por la tradición y se hace necesaria a la misma lógica: ella que tuvo un papel único en la Encarnación siendo elegida como Madre de Dios y en la Redención fue asociada a su Hijo como Corredentora, ¿cómo no iba a ser la primera en recibir la alegre visita de su Hijo? Pues ella, solo ella, en su soledad aguardaba con fe viva el triunfo de su Hijo.
  • ·    Hemos de constatar antes de las apariciones, el hecho del hallazgo del sepulcro vacío: Antes del alba de la mañana de resurrección, María Magdalena encuentra el sepulcro abierto y anuncia que el cuerpo había desaparecido (Juan 20, 1-2). Llegan otras mujeres –con la intención de embalsamar el cuerpo de Jesús - y los ángeles les dicen que vayan a avisarle a los discípulos dándoles el mandato de que vayan a Galilea (Mateo 28,5-7; Lucas 24:1-9).  Pedro y Juan visitan el sepulcro y lo encuentran vacío (Juan 20, 3-10).
  • · Y ahora comienzan la serie de las apariciones:
  1. Jesús se le aparece a María Magdalena, que regresa al sepulcro.  (Juan 20, 11-18). Ella lo confunde con el cuidador del huerto y cuando él pronuncia su nombre, María lo reconoce.
  2.  A las mismas mujeres que habían encontrado el sepulcro vacío, en el camino hacia la ciudad,  Jesús se les aparece y les dice: No temáis; id, y decid a mis hermanos, que vayan a Galilea, y allí me verán. (Mateo 28, 9-10)
  3. Ya avanzada la mañana o a primeras horas de la tarde, Jesús se aparece a dos varones camino a Emaús: que lo reconocen al partir el pan. (Lucas 24, 13-33)
  4.  En este mismo día, el Señor se aparece a Pedro. Él, llamado a confirmar en la fe a sus hermanos, ve antes que los demás al Resucitado y sobre su testimonio es sobre el que la iglesia naciente exclama: "¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!" (Lc 24, 34). (1 Corintios 15, 5)
  5.    En el anochecer del día de la Resurrección, Jesús se aparece en el cenáculos a los apóstoles, en ausencia de Tomás. Es la primera parte del Evangelio que acabamos de escuchar. (Juan 20, 24). Jesús les saluda con las palabras “Paz a vosotros”, los constituye en enviados a semejanza suya enviado del Padre, les insufla el Espíritu Santo, y les da la potestad de perdonar los pecados. Los apóstoles se lo cuenta a Tomás. Este no lo cree.
  6. A los ochos días de la resurrección, tal día como hoy, Jesús se aparece nuevamente a los apóstoles. Es la segunda parte del Evangelio de este día. Jesús ha resucitado, pero ha querido que en su cuerpo glorioso quedasen las marcas de sus Pasión, son la prueba de su amor. Son el argumento que presenta ante el Padre de lo mucho y lo caro que le hemos costado. Son para nosotros la continua llamada y reclamo a responder a su amor (Juan 20:26-29). Esas llagas benditas son las que nos han curado. Interpretemos la duda de Tomás no solo como el escepticismo ante la resurrección, sino como esa duda de un resucitado sin llagas… porque el Resucitado es el mismo que ha sido Crucificado. Tomás ve, toca y confiesa: “Señor mío y Dios mío.” Y el Señor hablando de nosotros afirma: “Bienaventurados los que crean si haber visto.”
  7. Demos gracias hoy por el don de la fe, afiáncemosla y renovémosla: nuestra fe es “más preciosa que el oro”, y aceptemos las pruebas de esta vida pues Dios nos acrisola como el oro se aquilata a fuego, para merecer el premio, gloria y honor en Jesucristo; y aquí la fuente de nuestra alegría: Jesucristo –que como dice el apóstol san Pedro: “sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.”
Después de estas apariciones en la ciudad de Jerusalén, los discípulos van a Galilea. Y allí:
  1. Jesús se aparecerá a siete de sus discípulos que habían salido a pescar, sin obtener pesca alguna. Jesús realiza el milagro de la pesca milagrosa, y tras haber comido con ellos, encarga a Pedro la misión de apacentar la Iglesia. (Juan 21, 1-22)
  2. Después en un monte de Galilea, Jesús se aparece nuevamente a los once, dándoles el mandato de bautizar a todas las naciones. (Mateo 28, 16-20)
  3. Habrá también una aparición multitudinaria, según nos testimonia san Pablo en su carta a los corintios, a más de quinientas personas (1 Corintios 15, 6).
  4. También recibirá la visita de Jesús el apóstol Santiago, el menor, que quedara al frente de la Iglesia en la ciudad de Jerusalén (1 Corintios 15, 7)
  5. La última aparición del Señor, tendrá lugar en Jerusalén, antes de ascender al cielo (Hechos 1, 6-11).

Queridos hermanos:
Llenos de alegría en estas fiestas de Resurrección, celebramos la fiesta de la Divina Misericordia. Jesús mismo en sus apariciones privadas a una religiosa polaca, Santa Faustina Kovalska, se lo pidió y fue el Papa Juan Pablo II cuando en los últimos años de pontificado la instituyó para toda la Iglesia Universal.
La expresión del Apóstol san Juan: “Dios es amor” -resume todo el misterio de Dios y su revelación. Amor que se hace para nosotros misericordia: “En este mundo –dirá el Padre Pío- ninguno de nosotros merece nada; es el Señor quien es benévolo con nosotros, y es su infinita bondad la que nos concede todo, porque todo lo perdona.”
Ante la misericordia del Señor: también hoy como hace dos mil años, hay hombres duros de corazón, incrédulos, temerosos, obstinados… que no quieren ver, que no quieren creer; que como Tomás quiere ver y tocar, pruebas… para aceptar la fe. “Dichosos los que crean sin haber visto.”
Jesús, apareciéndose a esta humilde religiosa, vuelve a querer mostrar al mundo sus llagas, particularmente la de su costado de donde brota el agua y la sangre: agua que nos limpia de nuestros pecados, sangre que nos da la vida eterna. Como a Tomás, el Señor nos muestra su llaga abierta para que nos dejemos irradiar por su luz, para que nos introduzcamos en ella. Llaga del costado de Cristo que nos lleva a su corazón, un corazón que amado y que ama –porque está vivo- a los hombres hasta el extremo.
Ante el misterio de la Misericordia Divina, ojalá se despierte en nosotros los mismos sentimientos que inundaban el Padre Pío: “Siento cada vez más la imperiosa necesidad de entregarme con más confianza a la misericordia divina y de poner sólo en Dios toda mi esperanza.”  Guardaos de la ansiedad y de las inquietudes, porque no hay cosa que impida tanto el caminar hacia la perfección. Pon, dulcemente tu corazón en las llagas de nuestro Señor, pero no a base de esfuerzos. Ten gran confianza en su misericordia y en su bondad. Él no te abandonará jamás, pero no dejes por eso de abrazar estrechamente su santa cruz.”
Confianza en su misericordia, porque ante la experiencia de nuestro pecado, de nuestras tentaciones, de nuestras luchas podemos perder la esperanza de nuestra salvación y entonces acudamos a esa llaga abierta en el costado de nuestro Salvador: “Nos sostenga en pie la grata esperanza de su inagotable misericordia. Corramos confiadamente al tribunal de la penitencia donde él con anhelo de padre nos espera en todo momento.”
Acojamos la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo y que se nos da en su Iglesia a través de los sacramentos.  Venid, adoremos, reconozcamos y demos gracias al Señor por su bondad, por sus continuas misericordias en nuestras vidas. Seamos también nosotros misericordiosos para con nuestros prójimos amando y perdonando como Cristo nos amó y nos perdonó. Y así, con la Virgen María, los apóstoles, Santa Faustina, San Juan Pablo II, nuestro Santo Padre Pío y todos los ángeles y santos del cielo entonemos un himno de alabanza y cantemos para siempre las misericordias del Señor, misericordias que no tienen fin. Que así sea. Así lo pedimos. Amén.

lunes, 24 de abril de 2017

MARÍA, MADRE DE MISERICORDIA. Homilía tercer día del triduo.




MARÍA, MADRE DE MISERICORDIA.
Sábado in albis. Tercer día del triduo
Nos encontramos en vísperas de celebrar la Fiesta de la Misericordia Divina: fiesta que el Señor pidió a través de santa Faustina que fuese instituida en toda la Iglesia para el domingo de la octava de Pascua y que el Papa Juan Pablo II así hizo.
Si todos los sábados lo hacemos, como hoy no vamos a detenernos a contemplar a la Virgen María. Como la aurora, da lugar al día, como la luna da paso al sol, como el sábado dio paso al domingo…  así al fijar hoy nuestra mirada en ella, guiados de su mano, acogidos bajo su protección podremos contemplar, acoger y celebrar con verdadero fruto la fiesta de la Misericordia de Dios.
A ella, la invocamos como Reina y Madre de Misericordia. Y lo es verdaderamente:
1º Porque la existencia de la Virgen, como la nuestra pero superándola a un grado inalcanzable para nosotros y que solo es para ella, es fruto de la misericordia de Dios que la amó con amor del todo singular, habiéndola predestinado a ser Madre de su Hijo, por lo cual, adelantó en ella la obra redentora de la cruz, librándola del pecado original. María, tan humana como nosotros, menos en el pecado, es la obra perfecta de la misericordia divina: llena de gracia, toda santa, toda pura, toda inmaculada.  
Y esto es lo que la misericordia divina, el amor de Dios por nosotros, quiere realizar en cada uno de nosotros a través de su gracia: y lo hace en primer lugar en nuestro bautismo. ¡Qué bien lo expresa la imagen que el apóstol san Pedro utiliza en su carta! Los cristianos, los bautizados son  “como niños recién nacidos” sin malicia, sin engaño, sin fingimientos ni hipocresías,  sin envidias, sin murmuraciones…  siendo como un nuevo orden de sacerdotes santos, para ofrecer víctimas espirituales, que sean agradables a Dios por Jesucristo.
Cada Pascua, nosotros que renovamos nuestro bautismo, tendríamos que ser como niños recién nacidos… Y en cambio, que pronto sale y se manifiesta nuestro hombre viejo con sus obras de pecado… Ante nuestro pecado, podemos preguntar como Nicodemo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?
“Es necesario nacer de nuevo”, porque “Si no hacéis como niños, no entraréis en Reino de los cielos.” Esto imposible para nosotros, pero no para Dios. Su misericordia nos hace nacer de nuevo a la vida de la gracia.  
Con la Virgen confesamos y exultamos al mismo tiempo sabiendo que nunca nos faltará el auxilio divino: “Proclama mi alma la grandeza del Señor porque su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
2º La Virgen es Reina y  Madre de Misericordia, porque por medio de ella vino a nosotros Aquel que es la misma Misericordia: Jesucristo.  
El Papa San Juan Pablo II decía: “María es “Madre de la misericordia” porque es la Madre de Jesús, en el que Dios reveló al mundo su “corazón” rebosante de amor. La compasión de Dios por el hombre se comunicó al mundo precisamente mediante la maternidad de la Virgen María.
La Virgen María ha sido el camino, el canal, la mediación por quien Dios quiso darnos su Misericordia… pudo aparecer el por su propia cuenta, de una forma distinta, pero quiso escoger a la Virgen, contar con su colaboración. Así también él quiere derramar sobre el mundo su misericordia a través de nosotros. Dios quiere que cada uno de nosotros seamos canales en mundo de su misericordia: porque todo aquello que hagamos a nuestros humildes hermanos a él se lo hacemos.
Como la Virgen María estamos llamados a ser misericordiosos con nuestros prójimos, con todos aquellos que están a nuestro lado: acogiendo, escuchando, ayudando, amando…  Así podremos ser coronados también y oír de los labios de Jesús aquellas palabras reservadas para las almas misericordiosas: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparada para vosotros.”
3º La Virgen es Reina y  Madre de Misericordia, porque al pie de la cruz, se convirtió en Madre de los discípulos de Cristo, Madre de la Iglesia y Madre de toda la humanidad.
Ella como su Hijo, manifiesta su amor por la humanidad en la obediencia y en sufrimiento de la cruz; al pie de la cruz se ofrece junto con su Hijo por la salvación de los hombres ofreciendo el verdadero sacrificio que agrada al Padre. Junto con su Hijo, intercede por nosotros, pobres pecadores; uniéndose a la oración de Jesús: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.
“María, pues, es la que conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es.” –decía el Papa Juan Pablo II; pues el precio de la misericordia ha sido la sangre de su Hijo, su Pasión de la que ella participó íntimamente.
Como María, también nosotros estamos llamados a estar al pie de la cruz, ofreciéndonos junto con Jesús por la salvación del mundo. Nuestros sufrimientos, nuestras pruebas y dificultades, nuestros trabajos, todo por Jesús y María, todo con Jesús y María, todo para Jesús y María para la salvación del mundo, para la salvación de los pobres pecadores.
Reunidos en oración con María, Reina y Madre de Misericordia, imploremos  el don del Espíritu Santo que renueva nuestras vidas. Siendo dóciles a su acción en nosotros, guiados por la Madre y la Maestra más excelente,  dejemos que el Espíritu Santo que renueva la faz de la tierra realice en nosotros el milagro de la misericordia divina: haciendo siempre lo que es bueno, noble, bello, grato a Dios y conforme a su voluntad,  libres ya de la esclavitud del mal y del pecado.