sábado, 25 de febrero de 2017

LA VIRGEN MARÍA Y LA SAGRADA ESCRITURA (2) Virtudes de nuestra Madre.



LA VIRGEN MARÍA Y LA SAGRADA ESCRITURA (2)
Virtudes de nuestra Madre.
“Jesucristo es la Palabra definitiva de Dios, culmen de la Revelación, cumplimiento de las promesas de Dios y mediador del encuentro entre el hombre y Dios. Es la Palabra única y definitiva entregada a la humanidad” –recuerda el Papa Benedicto XVI. (Cfr. Verbum Domini, 14)
Esta Palabra eterna e inefable, porque el Verbo existe desde el principio y es Dios, quiso expresarse en la historia de la salvación, comunicarse a los hombres, y lo hizo no mediante formas que no entendiese el hombre, sino utilizando las mismas palabras que el hombre utiliza para comunicarse. La Sagrada Escritura es la expresión en palabras humanas de lo que el Padre en su Hijo quiso decirnos por medio del Espíritu Santo. Así lo confesamos en el credo, cuando decimos: “Creo en el Espíritu Santo que habló por los profetas.”
En cierto modo, la Sagrada Escritura es encarnación material mediante las palabras de aquel que es la misma Palabra: Jesucristo, el Señor. En este sentido hemos de entender la expresión: el Verbo se ha abreviado. La Palabra se expresa mediante un discurso, a través de conceptos. En la Sagrada Escritura, la Palabra divina se expresa verdaderamente con palabras humanas. Al acercarnos a la Sagrada Escritura, sabemos con certeza que lo que allí encontramos es a Jesucristo.
Desde esta perspectiva, se puede contemplar también la persona de nuestra Señora la Virgen María. Ella concibió a la Palabra por obra del Espíritu Santo. El mismo que inspiró a los profetas para que expresasen en palabras y conceptos humanos al Verbo Eterno, fue el que fecundó el seno de la Virgen para que el Verbo de Dios –a quien no podían contener los cielos y la tierra- tomase carne y se encerrase en su seno.
La acción del Espíritu Santo en nuestra Señora hace que el mismo Verbo no solo nos hable con nuestro mismo lenguaje, sino que asuma también verdaderamente nuestra naturaleza humana.
La Virgen María es, entonces, el libro sagrado donde la Palabra se hace carne y toma nuestra naturaleza. Como hemos de venerar la Sagrada Escritura por ser Palabra de Dios, así hemos de venerar y amar a la Virgen, que nos dio la misma Palabra en la pequeñez de un niño.
Como en la inspiración de los profetas, Dios no anula a la persona, y en la Virgen el Verbo toma carne tomando toda la naturaleza humana de aquella que es la mujer perfecta, la Toda Santa, la Inmaculada, sin desdeñar nada de aquello que él mismo había creado.
Así como la Sagrada Escritura toda ella está inspirada y  transmite sin error todo y solo aquello que Dios quiere decirnos, así también nuestra Señora la Virgen refleja la santidad, la verdad, la belleza de Dios, sin defecto, ni mancha, como ninguna otra criatura.
Así como la Sagrada Escritura –desde el Antiguo Testamento hasta el Amén que cierra  el libro del Apocalipsis- se ha de leer siempre con los ojos puestos en Cristo, pues él es único criterio de lectura e interpretación; así la persona de la Virgen María ha de contemplarse siempre desde su Maternidad divina y su unión por ella con su Hijo; sabiendo que no podemos amar a Jesucristo, sino amamos a su Madre; ni podemos venerar a su Madre sino tenemos en nosotros los sentimientos y el amor de su Hijo.
“Toda Escritura inspirada por Dios es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia” –enseña el Apóstol San Pablo (Tm 3, 16); así mismo el papel de Nuestra Señora en la Iglesia y para con nosotros los hombres es la de ser madre y maestra en el seguimiento de Cristo, para acogerlo en verdad y poder llegar a ser hijos de Dios. La verdadera devoción a nuestra Señora ha de ser un abandono confiado en sus manos, para que ella nos enseñe, nos reprenda, nos corrija y nos instruya en el camino de la fe.
Así, como para acercarnos a la Palabra hemos de hacerlo con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en nuestros pensamientos y sentimientos y engendre dentro de nosotros una mentalidad nueva: “la mente de Cristo” (1 Co 2,16); así también hemos de purificar en nosotros formas poco perfectas de venerar y contemplar a la Virgen. San Luis María Grignon de Montfort dice: “Siete son las clases que encuentro de falsos devotos y falsas devociones a la Santísima Virgen: 1.º, los devotos críticos; 2.º, los devotos escrupulosos; 3.º, los devotos exteriores; 4.º, los devotos presuntuosos; 5.º, los devotos inconstantes; 6.º, los devotos hipócritas; 7.º, los devotos interesados.” Purificados de esas falsas devociones, llegaremos a la imitación de aquella que es bendita entre las mujeres porque ha creído, ha escuchado la Palabra de Dios y la ha cumplido y mereció por ello ser bendita por llevar en su seno y alimentar al mismo Hijo de Dios.
Como el Espíritu Santo ha inspirado a los profetas, como el Espíritu Santo ha obrado en la Virgen María, así también quiere venir a nosotros y al hacer que también nosotros seamos con nuestra vida de fe libros vivos que proclamemos las maravillas que Dios hace de generación en generación. A Aquella que suplicó el don del Espíritu Santo sobre los apóstoles, acudamos con confianza y pidámosle su intercesión para que venga sobre nosotros, llene nuestros corazones y encienda en ellos el fuego de su amor. Así lo pedimos. Que así sea. Amén.